MI ROBOT Y YO: PROYECTO BUTIÁ

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Nació  en 2006 en la Facultad de Ingeniería (UdelaR) como un proyecto que mediante la robótica buscaba motivar a niños y adolescentes a la investigación y el descubrimiento de nuevas vocaciones, generalmente relacionadas con carreras tecnológicas. En 2009 obtuvieron el apoyo de la ANII y recientemente de ANTEL para seguir convirtiendo las XO de todo el país en robots programados por sus usuarios. Guillermo Reich, Andrés Aguirre, John Pereira, Rodrigo Dearmas, Santiago Margni, Jorge Visca, Gonzalo Tejera, Aylen Ricca, Federico Andrade, Alan Aguiar, Facundo Benavides, Fiorella Farinasso y un equipo enorme de colaboradores están trabajando en generar procesos de aprendizaje que puedan analizarse desde puntos de vista que no tienen que ver exclusivamente con la robótica. En esta entrevista, ellos hablan de cómo ha sido el proceso desde sus inicios hasta ahora y cómo está posicionado Uruguay en materia de tecnología robótica.

¿Cómo surgió el proyecto Butiá y qué objetivos tiene?

El proyecto surge con la idea del uso de robots como herramienta en el aula en el año 2006 y en base a ciertas visitas que hacía nuestro grupo a liceos y escuelas. Está pensado como una herramienta pedagógica y motivacional que genere capacidades de investigación, trabajo en equipo y autonomía en los estudiantes. Apuntamos a generar nuevas generaciones que sean capaces de resolver problemas.

¿Este proyecto es una manera de acercar a las nuevas generaciones a las carreras tecnológicas?

Sí. En el principio pensamos en gente de 5to y 6to año de liceo y orientarlos a descubrir vocaciones, pero después empezamos a notar un montón de usos interesantes y también tratamos de contemplarlos en las siguientes versiones del robot. Por ejemplo, hay gente que usa la herramienta robot no solo para aprender a programar, nuestro objetivo principal, sino como un medio para generar ciertas capacidades en los estudiantes que surgen desde la programación. Es algo cognitivo; al aprender a programar se aprende a pensar, a dividir un problema en problemas más chicos, más simples. La persona aprende a formalizar ideas en un lenguaje de programación, aplica matemática, conoce conceptos de lógica y en sí, se familiariza con otra forma de pensar, con otra estructura de razonamiento. Por otro lado, también sirve para motivar a los chiquilines a investigar; hacen algo y enseguida ven el resultado, lo que genera en ellos un sentido de autonomía importante.

¿Qué papel jugó Sumo en el desarrollo de este proyecto?

Sumo es un evento que hacemos hace diez años y consiste en acercar gente a facultad para que conozcan qué opciones de estudio que hay y puedan descubrir ciertas vocaciones. Son competencias robóticas pensadas como un elemento motivador que fomente el trabajo desde un ambiente cómodo para la participación y en sí, compartir cosas. En el 2006 se estaba haciendo difusión del SUMO mediante charlas informativas sobre robótica. En ese contexto, nos dimos cuenta de que en muchos liceos privados había robots que se usaban con fines pedagógicos, pero en escuelas y liceos públicos no había nada. Entonces, surgió la idea de hacer un robot que se adaptara a nuestra realidad y nuestras necesidades. Hay muchos kits robóticos que están pensados para otros países, pero nuestra idea era volcar el conocimiento que había en el grupo de robótica en algo aplicado a nuestra sociedad. Necesitábamos un robot que fuera económico, para poder llegar a la mayor cantidad de liceos posible, y que fuera abierto, libre, de manera que hubiera un verdadero acceso a la tecnología. Ahora se está hablando mucho del tema de software libre y nosotros buscamos que los chicos se apropien de la tecnología logrando una independencia tecnológica, que sientan el kit como propio y estén motivados de una manera mucho más directa. Para que ese kit sea lo más libre posible, tiene que ser de público conocimiento cómo armarlo mediante instructivos y documentación y estar pensado para hacerse con cosas que haya en Uruguay, que a veces es un poco complicado. Entonces, en ese marco surgió esta idea que se fue trabajando y presentando a diferentes lugares para obtener financiación. La primera vez estuvimos financiados por la ANII, lo que nos permitió construir 27 robots que se entregaron a liceos de todo el país en coordinación con Secundaria. Desde entonces hasta ahora, el proyecto siguió. Se acabó ese financiamiento pero las ganas siguieron y seguimos trabajando.

¿Y ahora de qué manera se sustenta el proyecto?

Desde hace poco contamos con el apoyo de ANTEL que se interesa especialmente por proyectos de este tipo y están trabajando en conjunto con nosotros.

¿Cómo está formado el equipo? ¿Qué dinámica de trabajo tienen?

Somos varios en el equipo central y también hay personas aficionadas al área que se han arrimado al grupo, han hecho aportes importantes y están presentes siempre. Al ser un proyecto abierto la gente de afuera se acerca a apoyar y están constantemente colaborando con nosotros. Tenemos una lista de correos y reuniones abiertas cada 15 días en las que quien quiera puede participar. Si bien esto surgió como un proyecto de facultad, la idea es que trascienda y que quienes participan lo sientan como un proyecto propio. Por ejemplo, hay personas de una cooperativa de Colón que hicieron su Butiá y trabajan con chicos de la comunidad. También hay una asociación de cohetería que usa parte del robot para hacer sus experimentos.  Cada cual le busca su aplicación. Incluso en Facultad, cuando estábamos terminando con el proyecto, se incorporó una asignatura que desde 2010 trabaja con robots Butiá y tiene un contenido muy importante en materia de extensión universitaria. La idea surgió para que los estudiantes trabajaran con nosotros,  para ayudarnos, ya que en ese momento estábamos despegando y necesitábamos gente, pero también se dio que aportaron ideas nuevas y muchas cosas ingeniosas que se hacen con los robots partieron de ese intercambio. En definitiva el proyecto cubre los 3 ejes de la universidad: la parte académica, que es el curso de robótica a partir del cual los estudiantes aprenden cómo funciona el Butiá, la parte de investigación y por último la parte de extensión en la cual se trabaja con actores que no son universitarios, sino educadores o niños.

 ¿Cómo es la experiencia con alumnos escolares y liceales?

En principio quieren que les dejemos los robots, que son adaptables a cualquier tipo de computadora portátil, desde una XO a una tablet.  Se entusiasman mucho con el proyecto. Muchas veces los talleres se hacen en base a una parte expositiva y otra parte de taller. Cuando les damos el robot, se compenetran y es difícil hablarles. Depende de la edad que tengan.  Pensábamos que los más grandes iban a manejarse mejor con el robot, pero luego nos dimos cuenta de que a menor edad, más facilidad tienen los chicos para interactuar con la tecnología. Si uno mira una XO, la computadora de un niño de escuela, no es toda lisa y prolija. Ellos les ponen pegotines en una superficie que está diseñada para que no se pueda pegar nada encima. Sin embargo, ellos se las ingenian y logran hacerlo. Eso demuestra que hay un deseo de personalizar sus máquinas y generan un vínculo con ella que manifiesta cierto sentimiento. Cuando esta máquina se transforma en un robot, eso se multiplica y hace que estén muy motivados. Están con toda la energía cuando llegamos a los talleres y eso también hace que sean más eficientes como estudiantes. En 2009, cuando obtuvimos el financiamiento de la ANII, había muchas XO en escuelas y liceos del país. Entonces la idea fue aprovechar esta computadora. En sí, reutilizamos el hardware y el software, analizamos su sistema operativo y encontramos ciertos entornos de programación que podíamos modificar para el robot, ya que era software libre. Usamos el software Turtle Art, por dos razones: que ya se usaba en las escuelas y lo conocían y que dejaba bien claros los conceptos de programación.

¿Ven un futuro auspicioso en cuanto a robótica en Uruguay?

Se ha avanzado mucho, pero aún falta bastante por hacer. Para trabajar con robots en cada grupo es necesario un profesor que los guíe y tenga cierta formación en informática. Lo que está pasando es que no sirve de mucho que se regalen robots por todos lados si no hay nadie que les haga un seguimiento. Hay mucha tecnología en la vuelta, pero lo que falta realmente es saber de informática. Se trata de entender cómo funcionan las cosas, saber resolver problemas, instalar un sistema operativo, saber qué está fallando en tu máquina. Esto trata de fomentar eso. Los chicos tienen que armar el robot de cero, ensuciarse las manos y meterse de lleno en el problema. El próximo desafío es lograr desarrollar un robot autónomo, que pueda caminar en una ciudad guiándose por las señales de tránsito, sin que haya un previo conocimiento de cómo estarán distribuidas esas señales. De todas formas aún estamos hablando de una maqueta. Si bien ya existe una línea de ese tipo de robots, generalmente usados en zonas de incendios, terremotos o accidentes, nuestro interés es continuar generando herramientas para que los chicos piensen.

 

 

Por Andrés Lasarte

Fotos: Proyecto Butiá