El problema de la vela

Mucho se ha escrito sobre la creatividad, en cambio, mucho menos se encuentra sobre el impacto de las estructuras de incentivos económicos en ella. Los últimos avances en el área de las ciencias de la motivación, desde MIT hasta Princeton, nos dejan en claro que debemos revisar nuestros enfoques tradicionales. ¿Pero qué tiene que ver en esto las velas?

Cronómetro creativo

“El problema de la vela” es el nombre que se le asignó a uno de los experimentos más renombrados del psicólogo Karl Duncker realizado ya hace casi 70 años. El experimento es muy simple. Se le da a la persona varios elementos y una consigna. Los elementos son una caja con chinches, fósforos y una vela (Ilustración A). La consigna es “fijar la vela en la pared de forma de evitar que se escurra cera hacia la mesa que está abajo”. Luego de explicitado el problema se les toma el tiempo que demoran en encontrar la solución al problema.

¿Cuál fue el descubrimiento de Duncker? Que los resultados cambiaban cuando se presentaban exactamente los mismos elementos, pero dispuestos de forma distintas. En un caso ponía la caja de las chinches, con ellas dentro (Ilustración A). En otro caso ponía las chinches por separado de su caja (Ilustración B). Sorprendentemente las personas demoraban sensiblemente menos en resolver la consigna en este segundo escenario.

¿Qué estaba sucediendo? Los mismos elementos, la misma consigna y un resultado repetido. Se demoraba más en el caso A que en el caso B. ¿Por qué? La explicación es tan sencilla como el experimento en sí. En el primer caso se asume que la función de la caja es sostener las chinches y no se ve como parte de la solución pues ya se le asignó una función. Se denomina a este efecto «fijación funcional».

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La vela y la creatividad

Un economista de la Universidad de Princeton, Sam Glucksberg, reeditó el mismo experimento, pero le incorporó recompensas a los mejores desempeños. Se pagaba a los que se encontraran en el 25% más rápido y puntualmente un premio mayor al mejor resultado. ¿Quiere adivinar el resultado?

En el caso de la Ilustración A (el que exigía una mayor dosis de creatividad para resolverse), el grupo con recompensa demoró en promedio 3 minutos y ½ más que el grupo sin recompensa. Por el contrario, los grupos enfrentados a la situación de la Ilustración B, dieron el resultado opuesto. En este segundo caso, donde no operaba la fijación funcional y por ende se necesitaba menor creatividad, aquí sí se obtuvo una reacción positiva ante el estímulo económico. En otras palabras, a tareas más simples, más rutinarias, mayor eficiencia de los premios monetarios.

La investigación no terminó allí. En el 2008, el The New York Time publicaba uno de los documentos de investigación del Reserve Bank of Boston. Dan Ariely, economista y docente de MIT dejaba constancia en su investigación que en 8 de cada 9 casos el aumento de incentivos dirigió a un peor rendimiento. Su conclusión es que los bonos generan mejora de performance solo cuando se necesitan habilidades mecánicas. Pero cuando son necesarias “herramientas cognitivas rudimentarias” la recompensa económica asociada a resultados empeora el rendimiento.

Es claro. La recompensa económica agrega presión. La presión reduce el foco de atención de quien la recibe, y por lo tanto distorsiona negativamente la capacidad de resolver problemas en forma creativa. Cuanto más creativa deba ser la tarea a realizar, más negativo es el impacto de los incentivos económicos.

Más allá de la “fijación funcional”

Este resultado realmente pone en tela de juicio la estrategia con la que hemos estructurado nuestras organizaciones productivas. Miles y miles de coordinadores de proyectos, jefes, gerentes, con bonos y partidas asociadas a resultados. Justo el grupo al que debe enfrentar situaciones más complejas y de cuya creatividad depende nuestro éxito estratégico es el que hemos estructurado en base a incentivos económicos.

La más revolucionaria de las organizaciones será aquella que tenga una estrategia de formación capaz de enfrentar estas discusiones, muchas de las que tenemos pendientes, pero fundamentalmente las que se nos vienen. En épocas de aceleración de la velocidad de los cambios y un capitalismo en permanente mutación los “problema de la vela” se multiplican. La única posibilidad de éxito vendrá asociada a gestiones más humanas. Empresas que asuman lo obvio: el mayor motivador no es el dinero, sino el sentido.

 

Por Ramón Silveira | @erre_silveira
Fotos: Fabián Bia